Un espacio destinado a la reflexión sobre la obligación de hacer un periodismo responsable.
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viernes, diciembre 07, 2012
viernes, noviembre 16, 2012
El código que falta en redes sociales
¡El periodismo es una actividad de 25 horas al día! La alerta que con frecuencia repetía nuestro maestro servía para recordarnos que, a diferencia de otras profesiones, los comunicadores no perdemos esta condición luego de “timbrar” la tarjeta al terminar la jornada laboral –que nunca fue de menos de 12 horas–.
Así, nos enseñaba a ver periodismo, a oír
periodismo, a respirar periodismo, a vivir en y del periodismo. Y con igual
insistencia, nos exigía cuidar el equilibrio.
Aprendimos que como reporteros no podemos
abstraernos de lo que decimos o hacemos, en público o en privado. Que nuestros
afectos o desafectos por el cine, la lectura, el teatro, la crítica, los
ensayos, el debate de cafetín… también bosquejan el tipo de personas que somos.
Condenados a ser esclavos de lo que decimos, en público o en privado, sin
desdoblamientos o vidas paralelas: conminados a “vivir en casa de cristal”,
como advierte el preludio del manual de estilo de un diario colombiano.
Estos principios, que para los actuales
tiempos de revolución pueden parecer arcaicos –al menos así lo demuestran los
medios incautados– están plenamente vigentes y deben extenderse al perfil
virtual de los comunicadores: sus redes sociales.
Twitter y Facebook se han convertido en dos
herramientas indispensables para los comunicadores sociales, de las que no solo
deben estar pendientes, sino ser actores permanentes en su rol de informadores
y formadores de opinión pública.
A propósito, el sitio
clasesdeperiodismo.com, de la peruana Esther Vargas, nos ilustra en una breve
entrada tres ejemplos de cómo los periodistas debemos participar en redes: las
cuentas de Facebook de Nicholas D. Krsitof, columnista del New York Times;
Chris O’Brien, columnista de negocios de San José Mercury News; Christiane
Amanpuor, de ABC News; todos dedicados a promocionar su trabajo, midiendo con
precisión milimétrica el alcance de sus comentarios. Y no es que todo lo que
venga de fuera es mejor, sino que aún convivimos en un país rezagado en cuanto
a niveles de acceso a internet en Sudamérica: apenas cuatro millones, de los
14,3 millones de ecuatorianos, conocen o han accedido a la red, según datos
publicados esta semana.
Si estamos en medio de todo un proceso por
disminuir la brecha digital de la que dan cuenta las cifras, es mejor empezar a
trazar la cancha para cuando pasemos a ligas mayores: en las redes sociales de
reconocidos periodistas ecuatorianos han pasado falsas noticias, como el
accidente del futbolista ecuatoriano Cristian Noboa, del Rubin Kazan; los
retuiteos de la muerte de Florinda Meza, la recordada Doña Florinda de la serie
El Chavo del Ocho y del vocalista de Soda Stereo, Gustavo Cerati; hasta
convocatorias para aprovisionarse de licor ante la inminencia de una ley seca y
enfrentamientos verbales muy subidos de tono. Rigurosidad periodística y ética
ausentes.
¿Esta versión virtual de lo que hacemos y
decimos construye también el tipo de persona –y en consecuencia el tipo de
periodista– que somos? Irrefutablemente sí.
Cuando acudimos a una cobertura, utilizando
los recursos del medio para el cual trabajamos, ¿debemos saltar con la
“exclusiva” en nuestras redes, antes de hacerlo en las redes de la empresa?
Elementos de un debate pendiente y urgente
entre cultores del oficio, que no puede postergarse más.
Artículo publicado en EL UNIVERSO
Varias sugerencias se han formulado para
que los comunicadores sociales trabajen en redes:
¿Pueden afectar las opiniones de un
periodista en redes sociales al medio para el que trabaja?
Patrícia Ventura | octubre 19, 2012
El incidente que protagonizó un colaborador
del New York Times ha hecho que el diario recuerde a sus periodistas que
cualquier comentario público que realicen puede afectar a la reputación del
medio y, en una nota publicada en su web, recuerda lo que dice el código ético
periodístico del Times -anterior al surgimiento de las redes sociales- con
respecto al trato con los lectores:
“Tratamos a nuestros lectores de forma
conveniente tanto en público como en privado. Se espera que cualquiera que
trate con los lectores se adecue a este principio, teniendo en cuenta que los
lectores son nuestros empleadores. El civismo se aplica en persona, por
teléfono, por carta o en línea”.
viernes, noviembre 26, 2010
Y ahora qué, ¿a la picota?
Los cielos limpios de la Cuenca de la década del setenta eran perfectos para la materia Lugar Natal. Fueron las clases más entretenidas: Dejábamos las aulas para recorrer, primero, el perímetro de la escuela; luego nos arriesgábamos hasta los límites del centro histórico, más tarde llegábamos a los prados, a quince minutos de recorrido desde el viejo local de la escuela.
Hubo una caminata que se nos grabó de forma intimidante. Fue la visita a La Picota, una columna piramidal levantada en 1787 con cal y ladrillo, en cuyos vértices superiores sobresalen, horizontalmente, cuatro bloques –zoomorfos– de piedra, sobre ellas un monolito con una extraña figura.
“Aquí colgaban a los delincuentes, para el escarnio público”. Resultaba fácil sobrecoger a niños de ocho años con aquellas palabras. Ver, desde casi tres metros más abajo, esos bloques de piedra –imaginando a seres humanos colgando de sus pescuezos– era perturbador.
Todos regresamos temerosos a casa. Y juramos ser más obedientes, no vaya a ser que nuestra “mala educación” nos lleve a delinquir, y por lo tanto a la dolorosa experiencia de terminar guindados en la picota.
En la secundaria, seis años ininterrumpidos nos acompañó la imagen de La Picota. El recorrido del colectivo hasta el colegio pasaba por el barrio El Vecino, el más antiguo de la ciudad y “huésped” de este vergonzoso “monumento”.
Pero el temor ya había desaparecido. Los salesianos –que nos tenían tres de los cinco días de la semana aprendiendo oficios prácticos en talleres– decían que la delincuencia no siempre es producto de un mal corazón, sino fundamentalmente de la pobreza. Y aunque no la justificaban, decían que solo así, aprendiendo oficios, se la combatiría. Y, por ende, también a las picotas, pensaba.
Hoy tengo la impresión de que se quiere regresar a los tiempos de la picota. ¿Las pruebas? Decenas de mensajes en redes sociales que comentaban rabiosos la muerte de Bruno Barcos Betancourt, y otros que daban cuenta de la detención de dos sospechosos…
Mensajes, algunos, que, de la misma forma que lo hace la delincuencia, olvidaban los principios básicos de la convivencia humana, el Estado de derecho, la presunción de inocencia, y exigían picotas. ¿Que no nos debe preocupar? ¡Algunos de los que dejaban mensajes eran periodistas! Por qué no preocuparnos entonces.
No vivo en Guayaquil y por ello no siento el estado de desamparo ante la delincuencia en la que están sus ciudadanos. Pero la muerte de Bruno Barcos, que agitó el asunto e incluso sentó al gobernador Cuero y al alcalde Nebot a hablar de cómo enfrentar la inseguridad, deja también otras lecciones.
Una de ellas, la más visible, es la inequidad. En la marcha del martes anterior León Noboa, Juana Cantos, Norma Durán, Daysi Mera, Marilú Álava, Mariana Arzube… por citar unos nombres, también perdieron a sus hijos en manos de la delincuencia, solo que sus casos no fueron prioridad para Policía ni Fiscalía. Jerson García Jaramillo y Francisco Franco, dos niños que también murieron por la delincuencia, no tuvieron un padre periodista. Ni más periodistas alentando que se levanten versiones contemporáneas de picotas.
Nada debe justificar la violencia y la agresión. Ni siquiera la misma violencia.
No creo que en el retorno a la picota esté la solución.
Artículo publicado en EL UNIVERSO
Hubo una caminata que se nos grabó de forma intimidante. Fue la visita a La Picota, una columna piramidal levantada en 1787 con cal y ladrillo, en cuyos vértices superiores sobresalen, horizontalmente, cuatro bloques –zoomorfos– de piedra, sobre ellas un monolito con una extraña figura.
“Aquí colgaban a los delincuentes, para el escarnio público”. Resultaba fácil sobrecoger a niños de ocho años con aquellas palabras. Ver, desde casi tres metros más abajo, esos bloques de piedra –imaginando a seres humanos colgando de sus pescuezos– era perturbador.
Todos regresamos temerosos a casa. Y juramos ser más obedientes, no vaya a ser que nuestra “mala educación” nos lleve a delinquir, y por lo tanto a la dolorosa experiencia de terminar guindados en la picota.
En la secundaria, seis años ininterrumpidos nos acompañó la imagen de La Picota. El recorrido del colectivo hasta el colegio pasaba por el barrio El Vecino, el más antiguo de la ciudad y “huésped” de este vergonzoso “monumento”.
Pero el temor ya había desaparecido. Los salesianos –que nos tenían tres de los cinco días de la semana aprendiendo oficios prácticos en talleres– decían que la delincuencia no siempre es producto de un mal corazón, sino fundamentalmente de la pobreza. Y aunque no la justificaban, decían que solo así, aprendiendo oficios, se la combatiría. Y, por ende, también a las picotas, pensaba.
Hoy tengo la impresión de que se quiere regresar a los tiempos de la picota. ¿Las pruebas? Decenas de mensajes en redes sociales que comentaban rabiosos la muerte de Bruno Barcos Betancourt, y otros que daban cuenta de la detención de dos sospechosos…
Mensajes, algunos, que, de la misma forma que lo hace la delincuencia, olvidaban los principios básicos de la convivencia humana, el Estado de derecho, la presunción de inocencia, y exigían picotas. ¿Que no nos debe preocupar? ¡Algunos de los que dejaban mensajes eran periodistas! Por qué no preocuparnos entonces.
No vivo en Guayaquil y por ello no siento el estado de desamparo ante la delincuencia en la que están sus ciudadanos. Pero la muerte de Bruno Barcos, que agitó el asunto e incluso sentó al gobernador Cuero y al alcalde Nebot a hablar de cómo enfrentar la inseguridad, deja también otras lecciones.
Una de ellas, la más visible, es la inequidad. En la marcha del martes anterior León Noboa, Juana Cantos, Norma Durán, Daysi Mera, Marilú Álava, Mariana Arzube… por citar unos nombres, también perdieron a sus hijos en manos de la delincuencia, solo que sus casos no fueron prioridad para Policía ni Fiscalía. Jerson García Jaramillo y Francisco Franco, dos niños que también murieron por la delincuencia, no tuvieron un padre periodista. Ni más periodistas alentando que se levanten versiones contemporáneas de picotas.
Nada debe justificar la violencia y la agresión. Ni siquiera la misma violencia.
No creo que en el retorno a la picota esté la solución.
Artículo publicado en EL UNIVERSO
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