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martes, febrero 08, 2011

¿Iglesia terrateniente?


A Josefa Escandón la quemaron viva, la noche del 14 de marzo de 1964, en la plaza central de Molleturo, luego de un enfrentamiento con el sacerdote –con la Iglesia misma– por un litigio de tierras.

Escandón tuvo la blasfema actitud de cultivar un terreno de sus antepasados, donados “de palabra” a la Santa Madre Iglesia. Y aunque no hacía daño a nadie, el párroco en aquella época, Adolfo Clavijo, inició una defensa desde el púlpito de lo que consideraba propiedad de los representantes de Dios en la Tierra.

“Ella lo sembraba y cosechaba los frutos, siempre con la oposición del párroco, Adolfo Clavijo, que varias veces derramó lágrimas desde el púlpito cuando se refería a la propiedad que quería arrancarla de manos de quien consideraba usurpadora”, dice una reconstrucción del hecho en el libro Palabras y piedras sueltas, del periodista Rolando Tello Espinoza (con quien no tengo vínculos familiares), con los testimonios de los implicados. Al confirmarse su culpabilidad, diez de ellos fueron sentenciados a doce años de prisión en el penal García Moreno.

La sentencia de muerte contra Escandón quedó sellada cuando la mujer lo denunció ante el coronel Oswaldo Navarrete Vázconez, jefe Civil y Militar del Azuay de ese entonces.

La tarde de aquel sábado 14 de marzo, un grupo de pobladores decidió el castigo a la mujer que citó al sacerdote ante autoridades civiles. “Agustín Misacango quiso matarla a bala por cuanto tenía una escopeta de cartucho, Juan Gutama se opuso, manifestando que Josefa Escandón debía ser quemada. Alfredo Loja opinó que solo se le debía pegar y nada más; pero prevaleció la opinión de Juan Gutama...”, declaró días después Daniel Jeremías Puin ante el Intendente de Policía”.

Una turba alcoholizada y embrutecida allanó la vivienda de Escandón, inmovilizó a su esposo, Vicente Bermeo, y ahuyentó a sus dos pequeños hijos. La ataron a una cruz de mármol de la plaza, la rociaron con gasolina y prendieron fuego. Así, el terreno volvió a manos de la Iglesia.

El hecho, terrible y perturbador, impuso un macabro estigma a los pobladores de Molleturo, que en aquella época vivían en casi total aislamiento con Cuenca.

El martes anterior, la presidenta de la Junta Parroquial de Paccha, Mariana Durán, denunció en una emisora radial ser víctima de amenazas por parte de un grupo minúsculo de pobladores. Ha solicitado resguardo policial.

Su pecado: iniciar los trámites para la construcción de un colegio, un centro de salud y una Unidad de Policía en terrenos comunitarios que en el año 2008 fueron inscritos como de propiedad de la Junta Parroquial.

La Curia Arquidiocesana de Cuenca interpuso un juicio de nulidad de la escritura, aduciendo que esos lotes se entregaron “de palabra” a la Santa Madre Iglesia. Se ampara en la figura de “posesión inmemorial”.

El arzobispo de Cuenca, Luis Cabrera, ha mediado en el conflicto e impuesto una condición: que la Junta Parroquial renuncie a la escritura, devuelva el terreno, y decidan luego las obras.

La demanda de nulidad es en apoyo, también, a la posición del párroco de Paccha, Adolfo Clavijo, el mismo que en 1964 no fue inculpado en el caso de Molleturo, pero que tampoco intervino para evitar la tortuosa muerte de Josefa Escandón.

domingo, agosto 08, 2010

‘Ladrón atrapado, ladrón quemado’


La sentencia es lapidaria y está en plazas y parques: “Ladrón atrapado, ladrón quemado”.

El más reciente ejemplo de que la advertencia va en serio es la muerte, terrible y dolorosa, de Ángel Molina, un ciudadano de 50 años que el lunes 26 de julio fue secuestrado, llevado a la fuerza a la comunidad Unión Alta, en la parroquia rural de Baños, golpeado y quemado.

La noticia no causó mayor reacción entre los devotos ciudadanos de la Atenas del Ecuador. Fue un caso más que arrancó varios “bien hecho” entre quienes siguieron los detalles en medios locales.

Doce años atrás un crimen similar ocurrió en el cantón Chordeleg: a un sospechoso de ser delincuente –era de “raza negra”, como suelen particularizar ciertos policías y periodistas– le prendieron fuego en la plaza central de la comunidad, próxima al centro cantonal.

El entonces arzobispo de Cuenca, Alberto Luna Tobar, prohibió la celebración de eucaristías en todas las iglesias del sector hasta que aparezcan los culpables. Solo así se llegó a conocer, vía confesionario, hasta quién había prendido el fósforo criminal.

Pero en este caso casi nadie reclamó. Ni la piadosa Iglesia con toda su influencia en las comunidades rurales.

Los detalles del crimen espeluznan: aquella madrugada una moradora de Unión Alta alertó a sus vecinos de robos de cilindros de gas; enardecidos, salieron en busca de los culpables y en su sed de venganza llegaron hasta el centro de Cuenca, a unos doce kilómetros de donde presuntamente se cometió el delito, interceptaron una camioneta y la llevaron, contra la voluntad de su único ocupante, a la comunidad.

Allí golpearon al “sospechoso”. Fueron cerca de dos horas de torturas. Luego lo rociaron con gasolina y le prendieron fuego. Terminaba así la vida de un hombre sumido en la infelicidad total: en 1993 Ángel Molina perdió a varios de sus familiares en el desastre de La Josefina; su madre murió arrollada por un vehículo; su esposa se ahogó en un río. Y él murió en el hospital con decenas de golpes y el ochenta por ciento de su cuerpo quemado.

Su culpa –esta conclusión es mía– fue conducir, de madrugada, una camioneta cuyas placas eran de la provincia de El Oro. Hurgando detalles de este hecho, di con un mensaje en la edición digital del diario El Tiempo: “Él es el señor quien me enseñó a trabajar y ahora soy quien soy. Él nunca fue un ladrón ni mucho menos un delincuente, lo confundieron, solo fue chofer de una camioneta que trabajaba haciendo carreras… ¡Descansa en paz tío mío!”.

¿A quién debemos responsabilizar de este crimen atroz cometido en nombre de una recurrente falta de acción de la justicia?

¿Acaso los “bien hecho” que se escucharon en torno al caso tienen justificación en la sensación de inseguridad que atenaza a nerviosos ciudadanos que purgan temores y resentimientos en piras humanas?

¿Debemos permitir que una leve sospecha nos convierta en justicieros ad honórem de las causas que, creemos, nadie se hará cargo?

No proclamo la inocencia inmaculada o la leve culpabilidad de Molina. De eso se encargará –debería encargarse– la Fiscalía. Pero sí exijo respuestas para dudas que hechos como este deja a quienes creemos que la justicia siempre se merece una oportunidad.

Artículo publicado en EL UNIVERSO